No hemos terminado contigo

Iba por el parque muy de prisa, cosa que siempre suele pasar; para todas las demás cosas uno tiene tiempo de más, pero para ir a caminar al parque no hay tiempo suficiente.

(Puede que el lector identifique un dilema en esto que acaba de leer o puede que piense que esto es un asunto que no es discutible, porque de todos modos es muy rara la ocasión en que se puede ir a caminar tranquilo al parque: sin prisa, y sin interrupciones vagas e innecesarias.)

La verdad es que no salí con el propósito de dar un paseo por el parque, sino que: “Caminaba a través del parque”.

Sigue leyendo «No hemos terminado contigo»

Entomofobia

Hay una colmena cerca de la puerta de entrada de casa (veo las obreras entrar y salir a todas horas; ya sea de día o de noche). Y la verdad, aunque no estoy seguro del por qué, le tengo (no sé como llamarlo) terror a ese tipo de insectos; tal vez sea algún tipo de fobia. ¿Cómo le debo llamar a la fobia a los insectos?

Sigue leyendo «Entomofobia»

La desdicha de un escritor

Llevo varios meses desayunando huevos revueltos. El colesterol lo tengo por las nubes, y los deseos de ganar en alguno de esos concursos literarios me han causado un espantoso insomnio.

Sueño, casi despierto, con que escribo cualquier cosa, cualquier estupidez arbitraria, y los pollitos (unos cinco o seis tiernos pollitos) me hacen “pío-pío” encima del papel; taladrando, en busca de yo no sé qué, encima de la mancha de mi grafito. Y no solo me fastidian duramente con su constante “pío-pío” (cosa que no me deja concentrarme), sino que dejan sus pequeños desperdicios a través de todo mi escritorio.

Llevo tres días sin poder dormir. Te escribo para que te enteres de mi estado crítico de salud, y para saber si me puedes ayudar. No sé si debas ayudarme con el asunto del colesterol, con lo del insomnio, con los pollitos; o tal vez con los gastos fúnebres.

Con este relato participé en el «PRIMER CONCURSO PARA MALOS ESCRITORES» (un microrrelato de 150 palabras). Del sitio web: Leer en la nube

A la buena o a la mala

Armado iba un boludo al estilo viejo oeste, con su palillito entre los dientes y dos pistolas en la cintura. Andaba escupiendo, como todo un cerdo, en los lugares públicos e incitando a un duelo al que le incomodase su pinche actitud de más macho que ninguno.

La gente lo dejó por loco, pero no todos. Había una mujer, mayorcita, muy querida del pueblo, que ya le tenía por fastidio el dale que dale del tipo ese. Que si lo agarraba durante uno de esos días en que no se soportaba ni a ella misma, lo iba a enganchar en el puño como en los viejos tiempos. Ya que ningún hombre lo confrontaba, estuvo dispuesta a dejarse llevar por ese instinto animal que, entre uñas y dientes, le obligaba de manera apremiante a devolver el orden a su vecindario.

Los hijos de la señora habían salido por cuestiones de negocio. El vaquerito ese llegó pocos días después. A pesar de que sus hijos le pedían que no interviniera en asuntos violentos, sino que esperase a que ellos llegaran y que luego se habrían de tomar las medidas necesarias, ella insistía en que no podía dejar pasar un día más.

Reunió con ella algunas madres, de esas que preservaban vivo el instinto, y les impartió una charla con gritos de guerra y todo eso. «Si los hombres de este pueblo no se ajustan su cinturón y le ponen fin al jueguito de este ignorante, con todo respeto, nosotras nos encargaremos del asunto; y que Dios nos ampare«. Armadas con palos de escoba, y con la convicción de haber sido enviadas por Dios a devolver la justicia y la paz a su pueblo, emprendieron una intensa búsqueda.

Los que miraban desde lejos podían percibir a dos figuras en medio de un asunto que parecía de riña. Apenas comenzaba el saliente a despejar sigiloso la neblina, y por falta de cercanía se dificultaba identificar quién era el otro personaje delante del vaquerito empistolado. Aquel otro, que entre la neblina ocultaba su identidad, le disparó con tal retórica al vaquero, que sin necesidad de un balazo le hizo comprender su necedad.

―Tienes pinta de valentón, pero no eres más que un cobarde. Andas provocando a la gente de este pueblo porque sabes que los hijos de la señora no están.

―¿Y tú, quien eres? ―inquirió el vaquerito, levantando el pecho y retorciendo los labios.

―Soy el hombre que ya deberías haber llegado a ser. Soy el tú que has mantenido oculto entre las sombras. ¡Pero cállate! ¡Y estate quieto! Porque si no me escuchas, vas a venir a entender las cosas bajo una inevitable lluvia de palos que te espera bajando la loma.