Tú estás aquí y yo contigo

Para qué buscar entender esto, querida mía;
blanca lucesita de mi alma.
Suspiro que se me escapa
después de una larga jornada.
Cielito de un azul inesperado.

Te rodeo con mis brazos si hace frío,
tú te recuestas de mi hombro.
Caminamos de la mano,
y el mundo se hace tan pequeño.
Las hojas caen más despacio,
el desierto se hace una vereda
que ilumina un vivo jardín.

Y para qué buscarle sentido a todo esto.

Tú estás aquí y yo contigo;
eso es lo que importa.
Si alguien le quiere poner alguna etiqueta
y llamarle amor (o como quieran llamarle), 
pues que así sea; 
a mí me da lo mismo.

Afecto

Caigo en la blandura de tus manos,
y de tu voz, como llovizna
tan ligera al oído y refrescante.

Palpan mis manos tu lento cuello
entre besitos tiernos
que huelen a caramelo
encima de un helado de vainilla.

Vuelvo la mirada a tus ojos
medio cerrados, como el día que va decayendo.
Te envuelvo como un oso y su abrazo
entre mis brazos de pulpo,
y te planto otro beso en tus labios sedientos
del calor de mis mejillas.

No quiero escuchar que el tiempo marque sus pisadas;
quiero que la luna, al asomarse, haga silencio.
Quiero solo escuchar tu palpitar
que se confunde
con ese blues que aún no identifico.

Voy a sembrar un arbolito

Voy a sembrar un arbolito
para que Juntos lo veamos crecer.
Cuando se arraigue en tierra firme
y nosotros.
Cuando crezca y se haga fuerte
y nosotros.
Cuando atraviese sus estaciones
y nosotros.
Cuando soporte las tempestades
y nosotros;
Juntos lo veremos crecer
y Juntos lo veremos dar frutos.

Expectativas desconocidas

Nos queremos demasiado, sí, nos queremos mucho. Aunque a veces parece que ella no entiende todo ese cariño, o que no le sea del todo suficiente. No ha dicho palabra alguna, es por la miradita esa que se le escapa de tanto en tanto, tan inquieta; es como si esperase algo más, no sé; o alguna cosa diferente, o tal vez a algún otro que no sea yo. Porque después de haber hecho esto y lo otro, y de habernos querido tanto, hasta el agotamiento, nos encontramos siempre ahí, como suspendidos, como errantes, en esa mirada de ella.

Una mirada que dice muy poco: una mirada casi desconocida; lejana. Una mirada desparramada en el horizonte; o hacia arriba, extraviada, como una estrella de esas fugases, destinadas a ningún lugar. Una mirada que pretende, a mi entender, ser interpretada, y que tal vez espera de mí lo que para mí es aún desconocido.

No sé, uno se cansa, tú sabes, o se agobia de tanta tristeza por no saber… las campanitas del balcón, el café por la tarde; las pláticas, las risas y el jazz; un buen ambiente. La pasamos tan bien. Y parece como si todo estuviera bien, pero de nuevo eso, la mirada de ella: desparramada y extraviada, y todo eso.

Es como me siento, me siento tan desarmado, tan como nada. Es como volver a vivir el mismo lamentable episodio una y otra vez; es como nunca darle al blanco. Al principio te sientes como si le has dado al blanco, y te sientes tan feliz, para después darte cuenta de que aun lo que pensaste ser no fue suficiente.

Y tú y yo somos eso

Un brazo que se cruza en la cintura
y un paso que se mueve junto al otro.
Él o ella se apoyan y son descanso,
como lo requiera el corazón:
ya sea en momentos de alegría
o en tiempos de triste melodía;
ellos son el uno para el otro
la mismísima escuela del amor.

Y tú y yo somos eso,
lo mismo que son ellos:
Amantes y amigos,
compañeros del camino, de la vida;
del recuerdo y del olvido.