Calla

Calla, que el silencio suele dar sabias lecciones.
Hablas demasiado. Escuchas muy poco.
Detente, observa, aprende;
la vida es muy corta y nosotros somos muy torpes.

¡Mira! Sí, levanta la mirada.
No es que te encierres en tu silencio;
es que te abras a lo que vale la pena escuchar.

¡Camina! Sí, sigue andando, aunque sea un poco.
No es que te detengas en el camino;
es que cierres la boca y prestes atención.

No estamos exentos de tropezar;
los tropiezos son de todos,
vienen incluidos en el paquete de la vida.
Pero el que hace silencio
aprende,
aunque sea un poco más con cada recaída.

¡Levántate! Sí, ya deja de quejarte.
Pero haz silencio, no quiero escucharte.
Presta oído, aprende, y adquiere sabiduría.

Afecto

Caigo en la blandura de tus manos,
y de tu voz, como llovizna
tan ligera al oído y refrescante.

Palpan mis manos tu lento cuello
entre besitos tiernos
que huelen a caramelo
encima de un helado de vainilla.

Vuelvo la mirada a tus ojos
medio cerrados, como el día que va decayendo.
Te envuelvo como un oso y su abrazo
entre mis brazos de pulpo,
y te planto otro beso en tus labios sedientos
del calor de mis mejillas.

No quiero escuchar que el tiempo marque sus pisadas;
quiero que la luna, al asomarse, haga silencio.
Quiero solo escuchar tu palpitar
que se confunde
con ese blues que aún no identifico.

Persigo unos versos

¿Qué haces?
Leo poesía.
No, en serio, ¿qué haces?
Persigo unos versos:
cansados y nublados versos 
que intentan descifrar la relación 
entre amor, luna y muerte;
silencio, soledad y alba.
Entre tu ombligo y el beso que me arrojas de lejos;
tu cuerpo y mi sábana fría.
Entre el poeta que leo y yo,
que ni doy con tu amor ni con la poesía.

Expectativas desconocidas

Nos queremos demasiado, sí, nos queremos mucho. Aunque a veces parece que ella no entiende todo ese cariño, o que no le sea del todo suficiente. No ha dicho palabra alguna, es por la miradita esa que se le escapa de tanto en tanto, tan inquieta; es como si esperase algo más, no sé; o alguna cosa diferente, o tal vez a algún otro que no sea yo. Porque después de haber hecho esto y lo otro, y de habernos querido tanto, hasta el agotamiento, nos encontramos siempre ahí, como suspendidos, como errantes, en esa mirada de ella.

Una mirada que dice muy poco: una mirada casi desconocida; lejana. Una mirada desparramada en el horizonte; o hacia arriba, extraviada, como una estrella de esas fugases, destinadas a ningún lugar. Una mirada que pretende, a mi entender, ser interpretada, y que tal vez espera de mí lo que para mí es aún desconocido.

No sé, uno se cansa, tú sabes, o se agobia de tanta tristeza por no saber… las campanitas del balcón, el café por la tarde; las pláticas, las risas y el jazz; un buen ambiente. La pasamos tan bien. Y parece como si todo estuviera bien, pero de nuevo eso, la mirada de ella: desparramada y extraviada, y todo eso.

Es como me siento, me siento tan desarmado, tan como nada. Es como volver a vivir el mismo lamentable episodio una y otra vez; es como nunca darle al blanco. Al principio te sientes como si le has dado al blanco, y te sientes tan feliz, para después darte cuenta de que aun lo que pensaste ser no fue suficiente.

En silencio

Le pregunta si la ama,
No como dudando, sino,
Como necesitando escuchar palabras como esas.
En silencio la toma de la mano...
El cielo está claro;
Despejado, alto y claro.
Y la noche está en silencio
Como él...
Como el amor, en silencio.
Él la abraza, y la escucha.
Ella lo siente, y lo sabe;
que está ahí para ella.
Y de vez en cuando, procurando no sonar habitual,
Él le dice que la ama,
Ella necesita también escucharlo.